Boubacar Boris Diop: «Somos independientes de Francia, pero no libres de ella»

Publicado en El Salto el 23.02.2020. Autor: Jaume Portell Caño.

Cuando Boubacar Boris Diop (Dakar, 1946) era un niño, Senegal era una colonia francesa y él vivía en un barrio creado de rebote: la Medina. En Dakar —la capital senegalesa—, los colonos blancos no querían mezclarse con los negros en Plateau, el barrio de la administración, por si estos les contagiaban alguna enfermedad, pero les necesitaban cerca para que pudieran venir a servirles, limpiarles y atenderles.

Así nació, al lado de Plateau, la Medina, el lugar donde Diop creció y se aficionó a la lectura gracias a los cuentos que le contaba su madre. Hoy es uno de los escritores más prestigiosos del continente africano, gracias a novelas y ensayos que abarcan desde el genocidio ruandés —Murambi, el libro de los huesos (2709 books, 2019)— hasta las relaciones de África con Francia —África más allá del espejo (2009), El libro de los secretos (Almuzara, 2015)—. Diop se encuentra, en el momento de la entrevista, en un despacho presidido por un retrato gigante del escritor, antropólogo, físico nuclear y político panafricanista Cheikh Anta Diop, a quien considera un referente.

¿Qué significó la independencia para Senegal?

Somos independientes, pero no somos libres. Francia sigue gobernando este país a través de lo que llamamos «Françafrique». Después de caer en Vietnam y Argelia, París entiende que tiene que cambiar sus relaciones con los africanos. Lo plantean de la siguiente manera: «Les daremos su independencia, tendrán una bandera, un presidente, un gobierno, una selección nacional. Tendrán todos los símbolos del poder político, pero seguiremos mandando a través de una élite que nos obedecerá». Sesenta años después de la independencia no tenemos soberanía política. Todo pasa por Francia, incluida la moneda que usamos, el franco CFA.

El debate sobre el CFA ha crecido rápidamente, especialmente entre los jóvenes.

Creo que durante muchos años ha habido miedo a hablar del tema entre los intelectuales: el presidente Olympio, en Togo, fue asesinado en los años 60 por intentar salir del CFA. Joseph Pouemi, un economista camerunés muy crítico con la moneda, también fue asesinado en 1984. Hoy los jóvenes ignoran los medios convencionales, y cualquiera de ellos puede enviar un mensaje a Macron con un vídeo, colgarlo en YouTube y conseguir que millones de personas le vean. Es una novedad que ahora la gente hable tanto del CFA, y es algo que me alegra mucho, porque hace tres o cuatro años era una cuestión marginal.

Muchos senegaleses se juegan la vida para venir a Europa. Si Boubacar Boris Diop tuviera 18 años hoy, ¿seguiría ese camino o se quedaría en Senegal?
Cuando tenía esa edad tuve la oportunidad de irme a Francia con una beca del gobierno senegalés, pero preferí quedarme. No quería dejar sola a mi madre, que tenía problemas económicos, y seguí aquí porque quería ayudarla. En el contexto actual, muchos jóvenes ven Francia, España o Italia como países donde puedes ser feliz y tener oportunidades. Aquí no tienen nada y no ven ningún tipo de futuro: en lugar de vivir como animales salvajes eligen irse, aunque sea muy arriesgado.

¿Crees que esta diáspora contribuirá a cambiar los países africanos?

¡Ya está pasando! En las elecciones, la diáspora senegalesa votó a Ousmane Sonko, una opción muy distinta a la del actual presidente de Senegal, Macky Sall. En la diáspora tenemos a ingenieros, profesores de universidad, todos esos intelectuales ya están contribuyendo a configurar los debates de la actualidad. Eso se traduce en acciones como la de una mujer que abroncó en público al presidente de Senegal en Londres. La diáspora está expandiendo la conciencia política de los africanos por todo el mundo.

En El libro de los secretos, Yacine Ndiaye, una de las protagonistas confiesa su mayor deseo: ser blanca y convertirse en una baronesa con apellidos europeos. ¿Por qué quiere hacerlo?

No nos gustamos a nosotros mismos. Si te fijas, las presentadoras de la televisión senegalesa tienen la piel más clara. Los cánones están especialmente dirigidos a las mujeres: no verás a hombres negros intentando convertirse en Brad Pitt. Debemos preguntarnos cómo hemos llegado hasta este punto. En el libro presenté este asunto como una broma, pero realmente está sucediendo.

¿Por qué es tan importante para usted la figura de Cheikh Anta Diop?

Fue el primero en considerar que África era la cuna de la humanidad y que el antiguo Egipto era una civilización negra. Además, promovió una idea importante: teníamos que estar orgullosos de nosotros mismos y pensar de forma independiente para conseguir una soberanía política real.

El idioma era una parte crucial de esta lucha. Los franceses, a través de Senghor [poeta senegalés que llegó a la Jefatura del Estado de Senegal], consiguieron apartarlo de la vida académica en Senegal, pero él siguió en contacto con la gente. Después de la independencia, la Universidad de Dakar siguió funcionando como una universidad francesa, por eso consideraron que Cheikh Anta Diop no podía estar en contacto con los estudiantes africanos.

En Murambi, su libro sobre el genocidio ruandés, comenta el rol de los franceses, ¿qué papel tuvo Francia en Ruanda?

El gobierno interino de Ruanda, que luego se convirtió en el ejecutor del genocidio, se constituyó en la embajada de Francia. Los genocidas nunca dejaron de tener el apoyo político y las armas de los franceses. Todo lo que necesitaron fue proporcionado por París, incluido el reconocimiento diplomático en las Naciones Unidas.

Cada capítulo en Murambi es un personaje que explica su visión. ¿Qué le llevó a elegir este formato?

Quería que la obra reflejara todas las voces, incluyendo a los asesinos. Por eso no se trata de una novela normal que vaya de la A a la Z, sino que se presentan diferentes voces y situaciones. El primer personaje, Michel Serumundo, trabaja en el mercado de Kigali, vuelve a casa y su hijo Jean-Pierre no está allí. Es el 6 de abril de 1994, día en el que empezó el genocidio. Dice que intentará buscarle y allí se acaba el capítulo. No sabemos nada más. ¿Encontró a Jean Pierre?, ¿le mataron? Hay una incertidumbre. No saber nada sobre lo que pasó con tanta gente es precisamente lo que sucedió durante el genocidio ruandés.

¿Qué aprendió en Ruanda?

Realmente no conocemos África. África no es un pueblo: lo que pasó en Ruanda es muy diferente de lo que pasó en el Congo, en Sierra Leona, Etiopía o Somalia. Tenemos que hacer una mejor conexión entre nuestro pasado y nuestro presente para entender las dinámicas sociales e históricas de cada país.

Su barrio, La Medina, se creó para que los blancos no convivieran con los negros. Vivían separados, pero lo suficientemente cerca para que los blancos pudieran seguir contando con los recursos y servicios de los africanos. ¿Cree que es una metáfora de la globalización?

Estamos invadidos por las imágenes, las compañías y los países occidentales. Nos dicen que esto es la globalización, pero nosotros no podemos ir a su barrio. Es muy irónico que los occidentales puedan ir a Kenia, Lesoto o Sudáfrica sin visado. En cambio, yo necesito una visa para ir a cualquier país occidental. Es como si viviéramos en un gueto o en una gran prisión y nos dijeran «os necesitamos, pero por favor no vengáis».

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