De Abiyán a Túnez. Mariama Ndoye.

Publicado en Literáfrica el 23.10.2015. Autora: Sonia Fernández Quincoces.

Desde luego, es una novela compleja. Parece contar las adversidades por las que pasa una familia africana de diplomáticos de origen senegalés en su recorrido, un exilio obligado desde Costa de Marfil a Túnez debido a los «disturbios políticos, otros lo llamarían estado de guerra» en el país marfileño, a través de la voz femenina de la protagonista. Pero el texto bucea en más densidades de las que a priori pudiéramos prever.

Saltando de la epístola al monólogo interior, sin temporalidad y sin acabar de encajar en ningún formato, errática, como si se tratara de dar rienda suelta a una corriente más fuerte, a una fuerza que recoge anécdotas, acontecimientos, experiencias, sentimientos y penosidades dentro de una gran red para después abrirla con brusquedad, con voracidad, con un punto de ironía a veces y siempre con gran locuacidad. Una fragmentación que evoca las sacudidas de las olas, olas del pensamiento y recuerdos de la protagonista que se elevan ante nosotros desde el primer párrafo que ya se orienta tanto al mundo de los muertos como al de los vivos, en una mezcla que no quiere distinguir porque todos pueblan, en definitiva, el mismo lugar.

Ella se nos muestra como lo que es sin necesidad de explicaciones y sí de muchos cuestionamientos y alguna directa denuncia, dejando claro desde un principio que se abre con unas «confidencias a Billy», un leal sirviente que se dirige por las mañanas a la casa de la protagonista desde Abobo uno de los suburbios más deprimentes de Abiyán, para continuar en el capítulo siguiente con las risas de Mouskéba, la gobernanta y querida narradora cuentacuentos que tendrá un trágico destino, a quienes no olvida en sus recuerdos.

Desde aquel Senegal feliz (donde era «una niña mimada y dependiente») va rememorando trozos de su infancia, poblados de personajes entrañables para ella, mientras va colando acontecimientos como el del hundimiento del Joola, «el Titanic africano» (cuyo desgraciado hundimiento ocurrió una «noche satánica del 26 al 27 de septiembre de 2002» por exceso de pasaje, «precipitación, diletantismo, afán de lucro, inconsciencia» y del que aún hoy no ha habido resarcimiento ninguno) que se llevó muchas vidas y que marcó a todo el país y en concreto a su generación.

«En África, fuera de la familia no existe nada», afirma, y es sin duda en torno a ella cuantos más momentos placenteros recuerda. Reviviendo los años de su infancia, en su Senegal natal, en Rufisque su fuente vital, las vacaciones en el pueblo, cuando aún vivía entre griots y escuchaba a los mandingas y sus koras, a los moriscos y su calabaza de agua, mientras degustaban el sabroso garba. Rememorando los años marfileños, los recuerdos cómicos relacionados con el vecindario durante el periodo de preguerra. Escenas cotidianas que se solapan y se conectan una tras otra, elegidas entre otras tantas que no se aparecen con igual intensidad o nitidez. La memoria siempre ha sido selectiva. Para terminar en Túnez. Donde todo es diferente: el clima y algunos comportamientos racistas que sufre Nafy (su hija) hacen que su estancia no sea todo lo cómoda que debiera (a pesar de que podría ser peor, cree, en algún país europeo o americano, a fin de cuentas «Túnez es África»), pero será el lugar en el que se «le abrirán los ojos acerca de los misterios de la naturaleza humana» y al que denominará «pais-hermano». La narradora nos introduce en este país a través de profusas descripciones de sus monumentos y lugares y de sus gentes logrando una auténtica guía de viaje (mientras recuenta encuentros con personas que la iluminan y a los que denomina «encuentros faros» de los que su estancia allí está plagada).

Un vaivén vital del que surgen muchos pensamientos en torno a lo que va conociendo y a lo que va viviendo. Al evocar su infancia le llegarán a menudo muchas sabrosas reflexiones de su padre sobre la realidad actual («La sociedad de consumo incita a la adquisición desenfrenada de bienes materiales. Le gusta decir que hemos pasado de la choza al chalé de tipo suizo demasiado deprisa, lo que acarrea malversaciones de dinero público (…) la construcción de fortalezas de mal gusto, deprisa y corriendo y sin el debido respeto a las normas de seguridad e higiene medioambientales, las destrucciones masivas provocadas por la más mínima intemperie. ¿Cómo olvidar las inundaciones de triste memoria en Senegal y Argelia?»), junto a las suyas propias que salpican todo el texto («El africano tarda en aprender»).

Todo su periplo tiene el aliento del exilio, ese ir-venir que no cesa. Y entre tanto, surgen cuestiones cotidianas y preguntas existenciales sobre la vida y sobre la muerte. Cuestiones vitales que todos nos formulamos, envueltas en conversaciones espontáneas de barrio, de ciudades que no son la propia (y al cabo quizás acaben siéndola), como mujer y madre («Díficil ser una buena ama de casa y uno de los autores más prolíficos de África Occidental»), como testigo de acontecimientos históricos («¿Qué puede florecer cuando mueren el amor y la esperanza?») o como ser humano en permanente cuestionamiento («La mirada que ponemos en los demás cambia en medio de la congoja, la vida es efímera (…) ¿merece la pena vivirla?»), y que vienen envueltas en decenas de referencias culturales y de canciones y artistas que completan su memoria (desde los egipcios Umm Kalzum y Abdel Wahab hasta los senegaleses Fatou Laobé o Ndongo Lo, sin olvidar al malí Salif Keita ni a la sudafricana Brenda Fassie).

Inconexa pero vital la escritura fluye en oleadas, a veces mansas y a veces terribles y destructoras. Ella es incapaz (¿o no quiere?) de poner orden, pero conoce dónde está el inicio de cada sacudida de agua, de dónde brota. Sabe que las más suaves te mecen y te acompañan aliviando el viaje y que las más atronadoras siempre traen desolación incomprensible e injusticia. No es una anécdota la relevancia que adquieren Mouskéba y Billy en la narración, no en vano «¿Existe refugio más seguro que el corazón de un amigo?». Ni tampoco el recuerdo del Joola.

«Este mundo tan aparentemente heteróclito, pero este mundo en el que todo encaja, este mundo que solo es uno».

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